El pensamiento tradicional del Norte y Occidente (eurocéntrico) respecto a los fenómenos cognitivos y sensoriales opera dentro del Representacionalismo Antropocéntrico, un marco ontológico basado en la generación de representaciones (principalmente visuales) ajustadas a una lógica de corte humano.
Este paradigma posiciona el modelo imagístico como una línea base biológica universal, funcionando efectivamente como un artefacto cultural e histórico localizado.
Paralelamente, existen múltiples arquitecturas cognitivas distintas.
Una de estas arquitecturas funciona como un despliegue ontológico integral de percepción sensorial, pensamiento conceptual y participación filosófica.
Esta arquitectura constituye una forma autónoma de aprehensión de la existencia, afirmando que la existencia abarca diversos métodos estructurales para interactuar con el entorno.
La fase de percepción sensorial de esta arquitectura específica, ejemplificable mediante los términos contenidos en las descripciones de la agnosia de orientación de objetos y la agnosia topológica, utiliza una percepción kinética y topológica.
Es crucial distinguir que, si bien la realidad subyacente sigue siendo un absoluto potencialmente innombrable e inalcanzable, esta arquitectura cognitiva percibe dicha realidad como una malla de redes de energías potenciales, continuidades fluidas y vectores de fuerza, sentando las bases para un proceso cognitivo sistémico.
En este modo de recepción de estímulos sensoriales ambientales, la orientación y las propiedades de un objeto (frente/atrás, arriba/abajo, temperatura, gusto, olor, textura, etc.) se manifiestan simultáneamente con su vector de acción, estableciendo la identidad como un evento kinético ligado directamente a su movimiento y cualidades, con múltiples fuerzas posibles coexistiendo, apiladas o sumadas.
Dentro de este marco, el concepto de un estado quieto, estático, es abstracto, inalcanzable en la naturaleza; en el universo físico, nada está verdaderamente quieto.
La percepción kinética se extiende más allá de la locomoción macroscópica para abarcar micro-vibraciones y actividad termodinámica.
Los movimientos no perceptibles o sutiles siguen siendo movimientos; los eventos sensoriales como la textura, el calor, el sonido, el gusto y el olfato son, fundamentalmente, el procesamiento de partículas y moléculas en movimiento.
Por lo tanto, encontrar un objeto aparentemente estacionario constituye, de todos modos, la recepción de un evento kinético.
De manera similar, los límites espaciales y de contenedor (dentro/fuera, continente/contenido) emergen como campos relacionales continuos y superpuestos donde las contingencias y los umbrales permanecen dinámicos, plurales y capaces de coexistir.
Esta arquitectura no rechaza el monismo relacional pero sí rechaza el concepto de vacío. Una entidad no puede definirse de forma aislada porque la existencia está intrínsecamente ligada a la interacción.
La materia existe como energía y ondas que interactúan constantemente con otra materia; la relación misma es la propiedad fundacional de la identidad.
Tras esta percepción kinética y topológica, el procesamiento, desarrollo y manipulación de conceptos pueden ocurrir de la forma descrita por los espectros de la afantasía (hipofantasía y otras "alteraciones" del procesamiento perceptivo).
Operando bajo una lógica de sistemas, relaciones, contingencias y comportamientos materiales, esta arquitectura de procesamiento estructura la realidad a través de redes de agencia e interacción.
Los conceptos abstractos surgen como fenómenos dinámicos. El pensamiento afantásico mapea el mundo a través de la mecánica del cambio y su impacto ambiental, organizando la percepción sensorial fluida en marcos rigurosos, orientados a objetos y resultados. Estos resultados no están impulsados por una intención teleológica, sino por la emergencia derivada del reconocimiento de patrones en fluctuaciones entrópicas.
A medida que el índice entrópico de un sistema fluctúa a través de iteraciones y pliegues, proporciona un rango de resultados posibles. La arquitectura cognitiva mapea estos resultados mecánicos recurrentes, permitiendo el reconocimiento funcional de objetos y procesos sin particionar permanentemente la realidad fluida subyacente.
La imaginación conceptual sintetiza variables, rastrea la entropía y analiza contingencias estructurales, transformando los estímulos sensoriales kinéticos y topológicos brutos en redes complejas de mecánica conductual.
Cabe mencionar que estamos llamandolos kinéticos y topológicos para el propósito de este artículo, en un esfuerzo por establecer el marco teórico, pero no lo son inherente ni exclusivamente.
Este enganche ontológico continuo, desde la recepción sensorial kinética hasta la percepción, procesamiento y desarrollo cognitivo sistémico no antropocéntrico, se encuentra ejemplificada en algunos individuos que frecuentemente diagnosticados con alteraciones de la norma, en lugar de ser ubicados en categorías que operan con una arquitectura ontológica diferente.
Esta configuración ontológica encuentra articulación y participación filosófica dentro de los marcos Animistas y Daoistas.
En las ontologías animistas, una "persona" o entidad existe a través de la capacidad de interactuar con la "agencia" del entorno y sostener relaciones dentro de un sistema, reflejando el enfoque en las huellas mecánicas y las consecuencias conductuales.
Simultáneamente, la fluidez topológica de la fase de percepción se alinea con los principios Daoistas, particularmente con el concepto de Pu (el bloque sin tallar), que aborda la realidad como un estado de potencialidad pura e integración ambiental fluida.
Al analizar conceptos masivos como el tiempo, la divinidad, la felicidad, dios o la libertad a través de sus tangentes, ramificaciones y vectores de fuerza, esta arquitectura cognitiva cultiva un compromiso espiritual e intelectual fecundo y orientado al proceso.
Se erige como un modelo de realidad, generando significado al moverse en resonancia no particionada con las fuerzas que transforman el mundo.